Crítica: 200.000 mujeres – Sala Fènix

Crítica: 200.000 mujeres – Sala Fènix
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Valoración: 8 sobre 10

Y tú, ¿cómo te imaginas a una bruja? Seguro que se te aparece en la mente la típica imagen de la escoba y la verruga en la nariz, ¿verdad? Pero sabemos que esta imagen es propia de los cuentos de hadas. Bien, entonces, ¿cómo te las imaginas? Rodeadas de brebajes, de hechizos y con poderes extraterrenales, algo así como personas energéticas, personas vinculadas con el mundo no visible, personas que, en definitiva, son «brujitas». Pero… ¿y si las brujas reales, aquellas mujeres que realmente fueron condenadas como brujas, fueran mujeres como tú y como yo?

Esto es lo que se nos expone en 200.000 mujeres, la nueva obra que se puede ver en la Sala Fénix y que ha sido  dirigida por Ángela Palacios, con la interpretación (brutalísima) de Anna Tamayo y escrita por ambas creadoras (Ángela y Anna). Las brujas REALES, las brujas HISTÓRICAS, las brujas limpias de literatura y de imaginario popular. Las brujas que bien podrían ser nuestras vecinas o bien podríamos ser nosotras mismas.

200.000 mujeres, un viaje histórico que recupera a las auténticas brujas

El texto de Ángela Palacios es un texto realista y costumbrista. Para darle ese toque más verídico, se nos sitúa en un entorno nada lejano: en la Cataluña del siglo XVI. Un escenario muy próximo a nuestra realidad y que nos permite comprender mejor todo lo que vivieron aquellas mujeres condenadas por brujería.

El título de la obra, 200.000 mujeres, hace referencia a que entre los siglos XVI y XVII en Europa fueron torturadas y asesinadas doscientas mil mujeres acusadas de brujería. Mujeres que no volaban con escoba, que no bailaban desnudas, que no invocaban al diablo; mujeres que, únicamente, tenían ciertos conocimientos, quizás no podían concebir hijos, se habían quedado viudas… Mujeres que molestaban y que, para quitarlas del medio, nada mejor que tildarlas con el peor nominativo que se podía dar en la época: BRUJA.

Un viaje a la Cataluña del siglo XVI

En esta obra de teatro nos trasladamos a un pueblo catalán del XVI. Aquí, conocemos la historia de tres mujeres, Joana, Jaumeta y Felipa, una trabaja como comadrona, la otra como payesa y la otra es especialista en las hierbas y brebajes naturales. Nos adentramos en su historia cotidiana, en su manera de vivir, en sus disputas y, así, las conocemos mejor, nos creamos una imagen real sobre sus vidas. Y, entonces…. ¡¡BRUJA!!

El hecho de contextualizar la trama en Cataluña es un gran acierto. Nos permite ver a nuestros antepasados paseando ante nuestros ojos, nos muestra una realidad cercana, próxima y que sentimos que es cierta. Y, ahí, entre tantísima realidad y costumbrismo, es cuando aparece la auténtica mano del diablo, la mano del opresor, la mano de la sociedad que anuló, silenció y mató a tantísimas mujeres en el mundo.

Anna Tamayo, una bestia escénica

Un punto aparte se merece la interpretación de esta bestia escénica: Anna Tamayo. Interpreta a todos los personajes de forma visceral, humana, de verdad. En el escenario estás viendo y sintiendo la tragedia de todos los personajes y, además, con la acertada dirección de Ángela Palacios y el óptimo aprovechamiento del espacio, nos parece estar viendo un pueblo típico catalán con sus gentes, sus chismes, sus plazas… Anna se come el escenario y, sobre todo, lo hace en el momento de perfomance que es, simplemente, electrizante.

Ritmo un tanto desigual

El «problema» que le veo a 200.000 mujeres es que los tres personajes que se nos muestran sobre el escenario son muy parecidos. Es decir, aunque tengan personalidades distintas, las tres viven el mismo destino, la misma tragedia. Y las tres historias se representan en el escenario. Esto hace que, por momentos, la obra se vuelva un tanto repetitiva, lenta y dramática en exceso. Hay mucho llanto que, además, es un llanto repetido porque los personajes, al fin y al cabo, viven la misma situación.

Eso sí: un gran acierto es esa ruptura a modo performático que tiene lugar hacia el final de la obra y que rompe el ritmo y le da un golpe de aire fresco y muchísima energía. Y en este momento, Anna se mete un currazo hipnótico.

Una puesta en escena impecable

Tanto la iluminación, como la escenografía y, sobre todo, la música son sublimes. De hecho, entrar en la Fénix y que toda la sala ya huela a hierbas e incienso te hace meterte en el ambiente desde el inicio. Con pocos recursos escénicos, logramos movernos por diferentes espacios y situarnos, realmente, en un pueblo auténtico del XVI. Y la música… la música es, simplemente, genial. Acompaña las escenas, aumenta la energía del momento y nos adentra en este mundo lleno de tradición, tragedia y amor.

200.000 mujeres es una gran obra que se ha estrenado en la Sala Fénix. Una obra que rompe con toda la imaginería popular para recordarnos quiénes eran realmente las brujas a las que quemaron vivas o ahorcaron en la horca. Mujeres sabias, mujeres independientes, mujeres fuertes. Mujeres condenadas con la etiqueta de bruja que, realmente, no dejaba de ser una condena por el mero hecho de ser mujer.


  • Lo que más me gustó: La interpretación de Anna Tamayo. Sublime. 
  • Lo que menos me gustó: Excesivo dramatismo en algunas escenas.

 

Elia Tabuenca

Filóloga hispánica y periodista digital. Apasionada del mundo del teatro y fundadora de espectáculosBCN y la productora teatral Laberinto Producciones

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