Crítica: Déu és bellesa

Nota: 8.5 sobre 10

Cuando acaba “Déu és bellesa”, en el teatro Maldà, nos vienen a la cabeza los happenings que organiza Manolito, el amigo de Mafalda. El suelo está cubierto de recuerdos de lo que acaba de pasar: pintura, trozos de yeso, pan…

Pero no hemos visto un happening. Hemos presenciado el esfuerzo, la pasión, el sufrimiento y la felicidad que hay detrás de una creación artística… en este caso, un cuadro, pero también podría aplicarse al proceso de creación del propio montaje. “Al principi hi havia el desafiament […] que uneix la bellesa amb la realitat”.

Déu es bellesa es como un sueño, como estar en un trance

Al llegar al Maldà, el público se siente como en su casa. Los actores, vestidos con albornoces (el albornoz ya empieza a ser marca de la casa del Maldà), nos reciben y nos ofrecen té de varias clases. En medio del espacio hay tres mesas con objetos variados, en una de ellas, el servicio de té. Se empiezan a atenuar las luces y todos se saludan entre ellos “¡Hey, Lampi!”, “¡Hola, Lampi!”, “¡Lampiiii!”… ¿Son todos Lampi?

Empiezan a recogerlo todo y un Lampi se queda en escena. Coge un micro y nos anuncia: “Primer quadre: La llibertat” y así, con todos los cuadros, hasta ocho: La Polinesia, El botxí, La matança del porc, París, El retrat dels nens, Autorretrat, La noia de la vora del gel.

Cada cuadro lleva detrás un proceso de descubrimiento personal, del entorno, del mundo… y los actores de Parking Shakespeare lo recrean con pocos elementos y de forma alegórica, con ternura, con rabia, con ironia, con violencia… La escenografía y los materiales utilizados están muy bien pensados. Como todo el montaje, son alegorías, retazos de recuerdos o de sueños.

Un espacio pequeño, como el Teatre Maldà, no permite grandes montajes y la Cia. Parking Shakespeare ha diseñado un espectáculo que se adapta muy bien a la sala y que permitirá que pueda verse en más espacios en un futuro.

Óscar Bosch, Maria Caselllas, Mieria Cirera, Adrià Díaz, Pep García-Pascual, Santi Monreal y Ricard Sadurní realizan un gran trabajo, muy bien dirigidos por Alíca Gorina. Déu es bellesa es como un sueño, como estar en un trance. En ningún momento nos hacen sentir que estamos en medio de una pesadilla de la que queremos huir.

Déu és bellesa no es una obra de teatro tradicional. No hay introducción, nudo, desenlace… Déu es bellesa, en el Teatro Maldà, es un hilo continuo que no se rompe que ya había empezado antes de entrar en la sala y que continuará después que nos hayamos ido a casa. En Déu es bellesa, más que explicarnos las cosas, nos las insinúan. ¿Cómo se puede explicar el arte? ¡El arte hay que sentirlo! El arte hay que vivirlo y disfrutarlo… ¡como si fuera un happening!

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