Crítica: Yo, Feuerbach – Grec 2016

Nota: 8 sobre 10

Pedro Casablanc es Feuerbach, un actor experimentado que vive la vida de una forma apasionada, casi al límite, una manera de llevar el rumbo de un modo que, al final, puede llegar a ser peligroso. Pero, ¿entonces?, ¿qué se supone que tenemos que hacer: aceptar una vida mediocre, aburrida y con la pasión controlada? En “Yo, Feuerbach” nos adentramos en un viaje profundo hacia el interior del ser humano, un viaje en el que la pasión, el talento y la locura van fuertemente agarrados de la mano.

“Yo, Feuerbach”, una obra de teatro intimista dentro del Grec 2016

Un actor que lleva 7 años sin trabajar acude a una prueba para formar parte del elenco de una nueva obra teatral. El director es un conocido suyo con el que hubo un tiempo que trabajaron juntos. Ahora, Feuerbach quiere volver a los escenarios después de este intenso parón para volver a disfrutar de su más profunda pasión: el teatro.

Pero cuando llega a la prueba se encuentra con que el director todavía no ha llegado y, en su lugar, está su ayudante, un joven muchacho que se está iniciando en el mundo del teatro. La tardanza del director es el motor que hace que Feuerbach empiece a mostrar su “yo” más profundo y nos llevará a un torbellino de emociones en el que nos moveremos de la risa al llanto en un abrir y cerrar de ojos.

Foto: Martí E. Berenguer

Foto: Martí E. Berenguer

Pedro Casablanc es Feuerbach y lo es en todos los sentidos. Estamos acostumbrados a ver al actor en múltiples papeles pero, realmente, con este ha conseguido mostrar todos sus registros y hacernos temblar desde muy adentro. Comenzamos viendo a un hombre culto, seguro de sí mismo y con ganas de trabajar para, después, encontrarnos con su rostro más auténtico, con sus auténticas emociones, sus miedos y su desesperación al vivir en un mundo en el que el talento parece caducarse y en el que la felicidad de cada uno no depende de uno mismo.

Porque en Yo, Feuerbach vemos la crueldad de la vida, la crueldad del mundo laboral, la crueldad de que el arte parezca que ahora sea solo un negocio. Y a él no le importa el dinero, no le importa lo más mínimo. Lo que él necesita es subirse sobre un escenario, desnudar su alma y volver a vibrar con las palabras de los más sabios dramaturgos, de la tragedia clásica y de la auténtica esencia del teatro. Pero el mundo actual parece no comprenderlo, en la realidad que ahora vivimos todo es un puro trámite, un intercambio de talento por dinero. Nada más. Y Feuerbach no puede formar parte de este mundo.

Esta tragedia interna del personaje se ve personificada en toda su complejidad por Pedro Casablanc. Una actuación magistral que nos vuelve locos, nos marea, nos emociona y nos hace reír hasta llorar. Literalmente. Es tal la grandeza de su trabajo que hay momentos en la obra en la que solo con su imagen, sus gestos o su mirada consigue que te desternilles de la risa del surrealismo y lo absurdo del ser humano.

Foto: Martí E. Berenguer

Foto: Martí E. Berenguer

El antagonista que está con él sobre escena es el ayudante del director, un personaje interpretado por Samuel Viyuela González y al que realmente se le nota que le faltan tablas. Hay algunos momentos de la obra que no terminan de comprenderse por su forzada actuación, con un poquito más de naturalidad se conseguiría que la escena fluyera mejor y que los hechos tuvieran la importancia justa. Descoloca un poco, sinceramente.

En esta obra de teatro también hay cosas que se quedan en el tintero como, por ejemplo, no termina de comprenderse qué es lo que ocurre con el director teatral, un personaje que nunca aparece en escena y al que se le menciona en un momento concreto de furia desatada pero que el tema se queda ahí, en el limbo, sin que el público comprenda lo que realmente ocurre.

También hay escenas que son demasiado largas, momentos que ralentizan el ritmo de la obra y que dan vueltas sobre el mismo tema; el retrato del personaje se va haciendo a medida que la pieza avanza y, en ocasiones, se queda demasiado estática en un punto que, con menos, hubiéramos captado el mismo mensaje.

Pero, de todas formas, “Yo, Feuerbach” es una obra intensa que nos adentra en un viaje emocional que nos hace reír, llorar y sentir que la vida necesita ser vivida de una forma parecida a la de Feuerbach, con pasión, inteligencia y con ganas de vivir al máximo cada segundo de nuestras vidas.

Elia Tabuenca

Filóloga hispánica y periodista digital. Apasionada del mundo del teatro y directora de la cía LetrasConVoz

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