Crítica: Cúbit

Nota: 9,5 sobre 10

En Cúbit, en el Teatre Lliure, Lluc y Bernat van a visitar su madre, Paula. No lo hacen con frecuencia. Además, esta vez coincidirán los dos en su visita. Y también se encontrarán con Oriol, el hijo de un amigo de la familia, que está ayudando a Paula a redactar un libro sobre la fundación que ella y su marido crearon hace muchos años. “I tu, què ha passat? (Paula) Hauria de passar alguna cosa?(Lluc).

Este es el punto de partida de una obra que nos habla de los secretos que guardan las familias. Aquellos secretos que reconcomen por dentro y que cada uno percibe a su manera. Y también nos habla de cómo cada uno de nosotros recordamos las cosas y las modelamos según nuestra experiencia y nuestras vivencias. “El seu record… però la memoria és volátil!”.

Lluc, Bernat, Oriol y Paula hablan con rabia, con sarcasmo, con ironía… las palabras son amables, pero el trasfondo es violento. Las palabras dicen más de lo que oímos porque nos dicen lo que no quieren decir. Poco a poco vamos descubriendo algunos de los secretos. Solo algunos. Los otros, tendremos que adivinarlos o suponerlos a partir de lo que se dice y, sobre todo, de lo que no se dice.

Un montaje que trabaja con gran habilidad el tiempo de la obra. Un fin de semana que avanza y se precipita… para llegar al lunes y empezar de nuevo la rutina.

La representación de escenas simultáneas es un acierto que nos da visiones diferentes de lo que acabamos de contemplar. El escenario, dividido entre la casa y el jardín, permite dos escenarios que la dirección de Josep Maria Miró ha sabido aprovechar muy bien.

Alberto Díaz, Oriol; David Menéndez, Lluc, Sergi Torrecilla, Bernat y Anna Azcona nos ofrecen unas interpretaciones mesuradas, tanto, que llegan a darnos miedo. Vemos que hay una violencia latente en cada palabra, en cada movimiento, en cada mirada… en cada sonrisa. Sabemos cómo empieza el fin de semana, pero nos espeluzna pensar en cómo puede acabar. Es una familia con demasiadas historias sin cerrar y demasiadas heridas abiertas.

Los cuatro intérpretes saben jugar con los silencios, los gestos, las miradas, la entonación de cada palabra. Anna Azcona es una Paula magnífica que parece que juegue al ratón y al gato con todos. La iluminación refuerza las escenas duplicadas simultáneas, jugando con el claroscuro. El sonido es inquietante.

Cúbit, en el Teatre Lliure, es un obra que, sin ser terrorífica, nos pone los pelos de punta.

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