Crítica: Dramabug

Nota: 8 sobre 10

Dramabug es una rareza, una obra de teatro en Barcelona correspondiente al Ciclo de creación escénica “DespertaLab” en la Sala Atrium, en colaboración con Nau Ivanow , con texto de Carlos Perelló y bajo la dirección de Guillem Gefaell. A priori,  si no leemos la reseña de la obra antes de entrar, sería muy difícil comprender la situación.

En esta obra hay diálogos que parecen sacados de la mente de un demente, otros muy profundos y significativos, hay  brechas de repeticiones mecánicas como voces mentales de personajes que hablan desde su insignificancia, hay personajes misteriosos, decadentes y dantescos que emergen de ambientes de destrucción y contaminados muy bien recreados con tres simples toques de ambientación y puesta en situación del texto.

Según su reseña (que recomendamos encarecidamente leer antes de ver la obra) la trama de Dramabug (que tan difícil es de conectar y digerir ya que se vuelve perturbadora y no hay un hilo conector de historia) trata de un periodista (Xavier Torras) que se adentra por un trabajo en el evento más importante del año retransmitiendo en directo a todo el mundo la fiesta inaugural de un parque de atracciones que se abrirá al acabar de descontaminar unas ruinas.

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Su objetivo,  será entrevistar a la estrella principal, una modelo famosa (Georgina Latre) a la que buscará desnudar frente al mundo mostrando toda su superficialidad e inconsciencia. Pero al transcurrir el evento ese mundo de corrupción y frivolidad le manipulará a él como una marioneta y le corromperá. Dramabug es una reflexión y crítica social acerca de la  civilización y el mundo del espectáculo, del que todos somos cómplices, convirtiendo en producto todo aquello que es puro y siendo luego turistas en esa destrucción que hemos creado.

La puesta en situación inicial nos enseñará a unos personajes mosca, unos insignificantes individuos que para el montaje se representan vestidos como moscas o ratas (Laia Alberch y  Rafa Delacroix) cuyo trabajo es higienizar parques contaminados y poblaciones fantasma. Hay muchas referencias a sitios como Chernobil, Alepo o Fukushima que nos pondrán en mente el escenario ideal para ésta historia. Luego de ésta introducción en que un texto en pantalla nos recuerda a los cuentos de ficción de Isaac Asimov, destilando un cierto aire nostálgico en torno a los grandes novelistas de ficción de los 80,  aparece el personaje del periodista.

A partir de ese momento y solapándose entre sus diálogos casi introspectivos aparecerán en escena tres personajes groseros (dos chicas y un hombre: Laia Alberch, Gergina Latre y Rafa Delacroix) que representan lo peor de la sociedad:  la lujuria, la corrupción, la transformación de todo en espectáculo, la destrucción, la falta de moral y de respeto… Ellos harán del periodista su juguete.

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El lenguaje corporal es excelente,  hay que sacarse el sombrero por la grandiosa dirección de ésta obra que sabe provocar con osadía en varios momentos sensaciones dentro de uno. Apuesta por una gran expresión corporal acompañada de textos complejos de discurso intenso y demasiado quizá,  elaborado. Las imágenes que nos ofrece buscarán despertar en nosotros sentimientos de asco y rechazo, todo lo que la destrucción y contaminación del mundo debería despertarnos pero a medida que nos acostumbramos y frivolizamos no surje de nosotros.

Dramabug es un experimental, un tipo de teatro que no todo el mundo logrará digerir de igual manera. Como en el arte, su objetivo no es crear belleza y satisfacción sinó despertar unas sensaciones y sentimientos dentro de uno. Su belleza reside en su eficacia para hacerlo.

La obra de teatro Dramabug es enérgica, grosera e inquietante, pero solo por ver las grandes interpretaciones que los actores hacen con esos fragmentos de texto desquiciados de verborrea sobrecogedora y dobles sentidos, nos ha valido la pena acercarnos a descubrirla. Los actores son geniales (Laia Alberch, Rafa Delacroix, Georgina Latre, Xavier Torra) los cuatro están magníficos hay que reconocer que lo tienen difícil. Hay partes de texto de muchísima velocidad que apelan a hacer un esfuerzo de comprensión y casi vomitan en una descarga de emociones que también manifiestan muy bien en lenguaje corporal. La escenografía es visualmente misteriosa y atractiva.

Una obra teatral que vale la pena ver hasta el final (aunque te lo haga pasar mal por momentos) para sustraer luego una reflexión con el verdadero significado de la misma. El público logrará despertar sensaciones de asco, repulsión, desprecio, asombro, rechazo, incomodidad, excitación …que de por sí son el objetivo de ésta muestra ruda y violenta de expresión corporal sin censura y texto desconcertante.

El vestuario de Vestuario de Margherita Mantovani también nos  ha fascinado, en algunos momentos recordamos a aquellos personajes futuristas de la película Blade Runner ceñidos en mallas. La obra es intensa y desconcertante pero no se hace nada larga, tiene una duración de 65 minutos que se pasan rápido y es interpretada íntegramente en castellano.

Creamos paisajes de destrucción todo el tiempo, somos partícipes de esa destrucción y el público que aplaude a las celebrities en su mundo de drogas y frivolidad… ¿No deberíamos sentir asco y rechazo en vez de aceptar esa corrupción como algo cotidiano que crece frente a nuestros ojos?

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Dramabug acusa y señala la complicidad de los insectos sociales en la vorágine destructora de la vida, nos acusa y a la vez que seduce desde dentro de ella. Como en un momento de la obra,  en que el periodista está dirigiéndose al público planteando nuestra predisposición a la destrucción y esa cualidad de espectador ansioso y morboso que vive dentro de nosotros. Mientras que detrás de él, 3 personajes bizarros que representan la corrupción se tocan, asumen poses sexuales de perversión o libertinaje,  se lamen o se escupen y así demuestra la teoría de que en cada uno vive un poco de esa perversión pues es imposible mantener la atención en el narrador.

El público no puede dejar de mirar a los otros tres detrás,  se juega con uno de un modo inteligente, mostrándonos nuestro significado dentro de esa destrucción pero a la vez también nuestra insignificancia. Como esas primeras moscas,  que al inicio de la obra se encuentran desinfectando unas ruinas y fumando, porque el humo del tabaco evita que los gases tóxicos les entren en los pulmones.

Este tipo de teatro se sale de lo convencional y ofrece al público la oportunidad de explorar sus sensaciones. Es teatro de impacto, con textos desconcertantes pero llenos de significados, y lenguaje de movimiento, gestos y actitudes con connotación casi pornográfica,  todo aderezado con una estética futurista – Glam muy a lo David Bowie, que seduce al ojo y se usa aquí muy acertadamente.

Recomendable para los más osados que quieran explorar cosas nuevas y se salgan del clásico argumento circular de introducción, nudo y final. Aquí nada queda explicado, se interpela al espectador, se lo provoca y éste decidirá qué pensar, pero le será imposible controlar qué sentir.

  • Dramaturgia: Carlos Perelló
  • Dirección: Guillen Gefaell
  • Intérpretes: Xavier Torr, Georgina Latre, Laia Alberch y Rafa Delacroix.
  • Diseño de vestuario i escenografía: Margherita Mantovani
  • Diseño de sonido: Blai Barba
  • Producción  y Comunicación:  Julia Simó

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