Crítica: L’Últim Sopar a la Sala Hiroshima

Nota: 10 sobre 10

Somos muy fans de la Sala Hiroshima de Barcelona, pues siempre tiene la capacidad de sorprendernos, y esta vez con l’Últim Sopar, tampoco nos ha decepcionado.

L’Últim Sopar se trata de una propuesta original y diferente, a caballo entre el teatro y la performance, con cierto toque de humor negro y de humor inglés, (su creador es británico), en las que nos reunimos 39 personas alrededor de una mesa, para recordar las últimas palabras y las últimas cenas de personajes populares, y de reos anónimos.

Desde Marilyn Monroe, hasta el Che Guevara, pasando por artistas locales, como el inigualable Pepe Rubianes o el mismísimo Eugenio, hasta el Zar Nicolás y su familia, o científicos como Newton o Einstein, y varios presos comunes americanos anónimos. Todos ellos, tienen una última frase, un último deseo que expresar en esta vida, y es el que van a ir reproduciendo los actores que están sentados enfrente de los comensales, es decir del público.

Así uno detrás de otro, los tres actores de la compañía Atresbandes, Miguel Segovia, Mònica Almirall, y Albert Pérez Hidalgo, se van a imbuir de estos personajes y en la tragedia de lo que representa el momento mismo de la muerte. Y a nosotros, los espectadores nos espera el placer, de aleatoriamente, disfrutar del capricho de alguna de las cenas de los condenados a muerte. Fruta (cocos sobre todo, curiosamente), pastel, hamburguesas, son algunos de los alimentos, que serán servidos a los comensales que coincidan con el número del reo.

Nosotras lo hemos interpretado como un “memento mori”, como la calavera que podemos encontrar en algunos cuadros, o ese reloj de arena, simbolizando el paso del tiempo, que nos indican que la muerte está ahí presente, que recordemos que vamos a morir, para vivir esta vida de manera consciente. A su vez, nos recuerda que todos somos iguales ante la muerte, culpables e inocentes, famosos y anónimos, ricos y pobres, la muerte nos va a tratar a todos por igual.

Al finalizar L’Últim Sopar, se nos ofreció al público quedarnos un rato a charlar y a tomar otra copa de vino, y pudimos hablar brevemente con el creador del espectáculo, Mole Wetherell, al cual le preguntamos sobre algunas dudas que nos quedaron en el tintero, como por ejemplo, el simbolismo de las manzanas que habían colocadas sobre la mesa de los actores y él nos dijo que era una reminiscencia a la ciudad de Nueva York, a la gran manzana, pero a su vez a la manzana de Newton, y a la de Apple, es decir, una referencia, a este mundo global que nos rodea.

También nos habló sobre la simbología del número 13 (en referencia a los doce apóstoles y Jesús), que era el número de personas que ocupábamos cada una de las 3 mesas (un total de 39 invitados). Mole Wetherell, hace casi 30 años que es director artístico de la compañía Reckless Sleepers, no en vano nos explicó que lleva 15 años paseando The Last Supper por varias ciudades del mundo, añadiendo personajes locales al texto, en cada uno de los lugares que visita. Pudimos observar como antes y después de la función (con gran amor por el detalle por su parte), personalmente se encargó de recolocar y ajustar algunos detalles de la escenografía.

L’Últim Sopar nos pareció una propuesta ingeniosa y nos vino a la cabeza, obviamente la Santa Cena de Leonardo da Vinci, así como la famosa cena The Dinner Party de la artista Judy Chicago, (esa instalación feminista emblemática), también Wetherell, hace un guiño a la mítica película Thelma y Louise en l’Últim Sopar.

Para ser una cena que en principio, rememora algo macabro como la muerte, el famoso Tánatos griego, fue una experiencia con un punto de ironía, y a su vez, artísticamente, nos pareció muy recomendable e interesante.


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