Crítica: Serlo o no

Nota: 10 sobre 10

Serlo o no, en el teatro Borràs, nos presenta un texto que, de entrada, parece muy sencillo, muy fácil de digerir, un texto de aquellos que entra fácilmente y que tiene una apariencia muy ligera. Pero solamente es eso: apariencia.

Jean-Claude Grumberg aprovecha el encuentro en el rellano entre dos vecinos para hacernos viajar a través de 5.000 años de historia, para caminar sobre ideas que tenemos asumidas y nos lo planta todo delante de las narices y nos demuestra que todavía nos faltan muchos debates y razonamiento para poder superar prejuicios que tenemos enquistados en el fondo de nuestro ADN. Todos. Los de aquí y los de allá. Aquí no se salva nadie.

Unos encuentros en el rellano entre dos vecinos, J.M. Flotats y Arnau Puig. El primero, un escritor culto, judío. El segundo, un vecino que es bastante menos culto y que hace preguntas que podrían ser inocentes, pero que van cargadas de dinamita pura, escudado tras “mi mujer dice que…”

El texto, ahora en castellano, provocó la hilaridad del público. La traducción sorprenderá a los que ya vieron la obra en catalán. Ahora el texto es más directo en algunos casos, y el choque entre los dos vecinos, su lenguaje y su expresión queda más agudizado. Dos mundos que parecen opuestos y que se acercan a través del diálogo. La traducción al castellano nos hará disfrutar de un lenguaje muy trabajado, que utiliza palabras que creíamos en desuso y que aparecen en el texto con toda normalidad, que nos demuestra que el castellano ha sido y es una lengua muy rica y expresiva. Una traducción para disfrutar desde la primera frase.

Arnau Puig interpreta a su personaje con gran solidez. Nos hace sentir muy cercanos a él, con sus dudas, sus miedos, su curiosidad, sus ganas de saber… nos recuerda a los niños pequeños cuando pasan su etapa de “¿por qué?”, que quieren saber más y más y parece que nunca tienen bastante. Un personaje cálido que se mueve entre el diálogo más amistoso y el fundamentalismo más demagógico. Un personaje que nos resulta muy conocido, porque tiene algo de todos nosotros. Arnau Puig lo interpreta con mucho cariño y humor.

J. M. Flotats es el escritor y en esta interpretación se ríe de sí mismo y de todos los que durante años o bien le han adulado o bien le han criticado. Una interpretación soberbia que pasa del atolondramiento ante las preguntas del vecino, hasta las clases magistrales, siempre con mucha sorna e ironía… para llegar a un monólogo final donde demuestra que es un actor de primera y nos hace enternecer con la historia de Bella. Un monólogo con el que nos abraza a todos y nos lleva a su campo. Un monólogo que podría ser lacrimógeno y en cambio, J.M. Flotats lo convierte en un alegato delicado y feliz que nos lleva al borde de las lágrimas y nos hace vibrar la fibra más sensible a todos.

El decorado, un rellano de una escalera que ya tiene unos cuantos años, nos lleva a un tiempo que parece que ya ha desaparecido, un tiempo en el que los vecinos hablaban entre ellos además de los típicos y tópicos “buenos días, buenas noches, adiós”.

La división en escenas cortas hace que la obra sea ágil y permite que el paso del tiempo quede integrado en la representación.

Un texto brillante que nos hace reír de temas que son absolutamente tristes y decepcionantes. El humor se convierte así en una catarsis colectiva que nos ayuda a mirar adelante. Dos actores excepcionales en escena que nos regalan una interpretación magnífica y maravillosa.

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