Ayer, 10 de abril, el Palau Sant Jordi se transformó en una plaza de Jerez, una barbacoa entre amigxs y un viaje en el tiempo. Después de 15 años sin compartir escenario, Los Delinqüentes volvieron a disfrutar de sus canciones de toda la vida, y lo hicieron demostrando que el “sentimiento garrapatero” no tiene fecha de caducidad.
Desde el primer segundo, la emoción se convirtió en la protagonista de la noche. Y es que, en las pantallas del Palau Sant Jordi, se proyectaba la imagen de Er Migue como si él también estuviera allí presente (porque, espiritualmente, lo estaba), como si hubiéramos entrado en una cápsula del tiempo que, durante casi dos horas y media, nos hizo viajar a los inicios de este grupo, cuando eran unos chavales de Jerez con ganas de revolucionar la música. Un cuarto de siglo después vemos que, efectivamente, lo hicieron y que su huella sigue intacta.
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ToggleLos Delinqüentes y su concierto homenaje a Migue Benítez
Lo más bonito de la noche fue sentir que Los Delinqüentes volvían a estar completos. La presencia de Er Migue fue constante y muy emocionante: fue todo un homenaje que hacía un repaso a su historia hecho desde el amor puro. Mientras sonaban los acordes, las pantallas nos mostraban pedazos de su vida: vídeos caseros de cuando eran unos chavales, fotos antiguas y risas que siguen sonando desde hace décadas.
Ver a El Canijo y a Diego «Ratón» viajando en el tiempo, sincronizados con la voz de su hermano, nos hizo sentir que seguían siendo esos mismos chicos de Jerez que soñaban con flores en las aceras y nubes de pegatina.
Un repertorio sin reglas (y con mucho arte)
El setlist del concierto de Los Delinqüentes en Barcelona fue un acierto absoluto. Repasaron su discografía sin dejarse prácticamente nada en el tintero.
Pero lo más auténtico fue el cierre: pasaron de los protocolos musicales y decidieron ser fieles a su espíritu canalla. No terminaron con el “hit” de La primavera trompetera para buscar el aplauso fácil. Terminaron con “Los trabubu”, una canción que los define por completo: su alegría de vivir, su personalidad arrolladora y ese desprecio cariñoso por las convenciones. Hicieron SU concierto, a su manera, y gracias a eso lo disfrutamos como nunca.
Uno de los momentos álgidos llegó con “El abuelo Frederick”: una explosión de confeti inundó el Palau y todo el mundo estalló en emoción, saltos y aplausos. Pero la locura no acabó ahí. Casi al final del concierto, El Canijo decidió que el escenario se le quedaba pequeño y se tiró al público en un baño de masas. La gente lo vitoreó, lo sostuvo y compartió con él ese momento de euforia y felicidad.
Muchachito Bombo Infierno no podía faltar en este homenaje
Si la noche ya era especial, la aparición de Muchachito Bombo Infierno sobre el escenario fue el momentazo necesario para terminar de prender la mecha. La conexión entre Jerez y el espíritu de Muchachito funciona a la perfección (de hecho, su éxito se muestra con el grupo G5), y la energía que desprendió en el escenario hizo que, en ese momento, el concierto fuera como una fiesta mayor. Verlos juntos fue un regalo para los que crecimos con esa fusión callejera.
La banda sonora de nuestras barbacoas
Como bien dijo El Canijo durante el concierto: quizás no ganen premios de la academia, ni reciban grandes reconocimientos de la crítica oficial, pero se han ganado el premio más importante de todos: estar en nuestras vidas.
Los Delinqüentes son la banda sonora de nuestras barbacoas, de nuestros viajes en coche con las ventanillas bajadas y de esos momentos de felicidad sencilla. Ayer en Barcelona nos recordaron que, pase lo que pase, siempre podemos volver a ser esos “garrapateros” que solo necesitan una guitarra y buena compañía para ser libres.
¡Gracias por el viaje de ayer! ¡Y que nunca dejen de crear esos trabubus que viven en Trabubulandia! 😉
Fotografías de Zowy Voeten (ElPeriódico)











