Crítica: Allí donde no estamos – Sala Atrium

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4.5 out of 5 stars (4,5 / 5)

Allí donde no estamos es la muestra del Work in progress que la compañía Monte Isla está ofreciendo en la Sala Atrium del 19 al 30 de mayo de 2021. La pieza es el resultado de las semanas de investigación a las cuales han optado gracias a la beca DespertaLab 2021.

Allí donde no estamos llega a la Sala Atrium gracias a DespertaLab 2021

Adrià Girona, Andrea Pellejero y Rut Girona son los nombres que hay detrás de Monte Isla, esta joven agrupación que se autodenomina cómo Compañía Rural de Teatro Contemporáneo y que ha sido una de las seleccionadas para este ciclo de creación escénica DespertaLab.

El trabajo de la compañía parte de la experiencia plástica, el contacto con los objetos y el espacio. Allí donde no estamos es un trabajo escénico sin actores.

Al entrar en la sala, cada persona del público recibe unos audífonos inalámbricos, elemento que hace que la experiencia resulte mucho más inmersiva. Una vez que las luces de sala se apagan, lo que comienza no es otra cosa que una reflexión sonora y visual, un viaje de pocas palabras y muchas preguntas, una mirada hacia un lugar que no sabemos cuan lejos está.

Es bonito que el teatro siga siendo un espacio vivo de reflexión, más allá de las cuestiones que la propia obra te pueda plantear. Sentado en las últimas filas de la Sala Atrium con los cascos puestos me pregunto: ¿Cuán solitario puede resultar el acto de estar en una sala de teatro a oscuras sentado junto a otras personas? Creo que estamos todos escuchando lo mismo, pero ¿qué es lo que estamos viendo cada uno de nosotros?

Al fin y al cabo, el imaginario, por muy colectivo que resulte, es personal e intransferible, y la película que estoy viendo al escuchar la propuesta de Allí donde no estamos es seguramente diferente a la de los dos chicos que tengo al lado.

El inicio parte de un lugar real y concreto; un viaje en coche, amigos reflexionando sobre el espacio y el tiempo, una conductora que se pasa de salida y dos de ellos que no saben a dónde les llevan. El misterio y la expectativa ya están servidos.

Y allí me encuentro yo: dentro de un coche junto a tres amigos, camino hacia no sabemos dónde y asintiendo con la cabeza cuando me afirmo con alguna cosa de las que están hablando. ¡Y pensar que ni siquiera hay actores en escena!

Una oda a la contemplación

Dentro del escenario de la Sala Atrium se encuentra construido otro escenario de menor medida, casi parece una pequeña pantalla de cine cubierta por un telón. Cuando este se alza para dejar ver que habita dentro de esa pecera cubículo, el viaje en coche que sigo a través de los auriculares se desvanece lentamente y es entonces cuando me siento expulsado con delicadeza fuera del relato hacia un sueño.

Y digo un sueño porque ¿qué es sino cuando saltas de un escenario real y concreto hacia un lugar donde parece no haber espacio y tiempo? ¿Cuándo pasas del estado rutinario de la vigilia, a la contemplación? Lo que viene después hasta el final de la pieza no es otra cosa que pura y simple contemplación.

Allí donde no estamos es contemplar un mismo paisaje en diferentes momentos, la inevitable destrucción del paso del tiempo, el ciclo metamórfico. Contemplar un escenario post-apocalíptico, desértico y de extrema belleza radical.

Los miembros de Monte Isla dicen que se han basado en la investigación de las narrativas visuales a partir de la creación de una pieza centrada en la relación triangular de los elementos de composición: sonido, luz y espacio.

Es justamente la composición la que dota de emoción al resto de la pieza, las infinitas posibilidades que ofrece esa relación triangular. Un espacio construido desde la preciosidad, una composición lumínica que recuerda por momentos al cine de Gaspar Noé y que radicaliza la belleza y exalta las texturas, y un espacio sonoro que se complementa a la perfección con las dos anteriores.

Al final de la pieza estuve pensando en cómo muchos de nosotros nos encontramos continuamente persiguiendo la belleza, pero Monte Isla nos sugieren que esta será siempre inalcanzable, ya que reside, precisamente, allí donde no estamos.


  • Lo mejor: La propuesta en sí, el magnífico uso del sonido, luz y espacio
  • Lo peor: Hay recursos que se explotan en exceso y por momentos el todo pierde interés.

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