Teatro del siglo XVIII: características, autores y obras

teatro ilustracion

El teatro del siglo XVIII es el teatro ilustrado y, dependiendo de cada país, tiene unas características u otras. Estamos en el siglo de María Antonieta con sus pelucas tipo rascacielos y sus vestidos no aptos para las estrechas calles de Ciutat Vella, pero también siglo de revoluciones y de ansias de todo aquello de Liberté, égalité y fraternité. Con tanto movimiento y circulación de ideas, uno puede preguntarse si a la gente le quedaban ganas o tiempo para pasar a visitar al teatro. Obviamente la respuesta es un rotundo sí… pero aprovechando para colar un par de lecciones por en medio.

Como medio esencial de comunicación de ciertos mensajes sociales o didácticos para un público tanto popular como privilegiado – a diferencia de los otros géneros literarios como la lírica y la prosa – podemos encontrar los valores de la época reflejados en el teatro. Hoy en Espectáculos BCN nos disponemos a descubrir el resultado de una tal mezcla examinando el teatro del siglo XVIII.

El Siglo de las Luces y el teatro

El siglo XVIII en Europa se considera el “Siglo de las Luces” o de la Ilustración, cuyo principal objetivo era combatir la ignorancia mediante la razón y el conocimiento. Esto se vio reflejado tanto en la política como en la cultura y la sociedad, y por supuesto también en la literatura y el teatro, los cuales sufrieron varios cambios para adaptarse a estas nuevas formas de pensar.

Este contexto de la Ilustración se caracteriza por grandes avances en la ciencia y en la filosofía, por la importancia de la razón, del empirismo y del espíritu crítico para obtener conocimiento, la predominancia del concepto de utilidad, y el cuestionamiento de ideas preconcebidas. Todo – tanto las reformas políticas como la literatura – debía contribuir a un progreso basado en la razón.

Todo muy bonito en teoría, ¿pero y en la práctica? Sin ponernos en el tema político, estas ideas ilustradas no fueron todas tan fáciles de integrar en el género dramático, el cual había gozado de una auténtica época dorada en el siglo anterior, con las huellas de Lope de Vega, Calderón de la Barca, Racine, Molière y hasta Shakespeare aún presentes.

Aunque una idea de didactismo, de moralidad, y quizás más tarde de crítica social se extendió por la mayor parte del teatro europeo, existieron también muchas variaciones distintas en la expresión teatral de varios países europeos. Nos centraremos a continuación en las distintas formas que tomó el teatro en el siglo XVIII en varios países, y en sus dramaturgos más destacados.

El teatro del siglo XVIII en Alemania

En Alemania, las ideas de la Ilustración en el teatro se vieron reflejadas sobre todo a través de la visión dramática de Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781). Este fue el máximo representante de la innovadora tragedia burguesa (“bürgerliches Trauerspiel”). Como indica su nombre, esta forma teatral tenía la burguesía como protagonista, metiendo los valores y la moralidad burguesa al centro de la obra, contrastándola incluso con el comportamiento juzgado inmoral y negligente de la aristocracia.

El solo hecho de hacer la burguesía protagonista ya significaba una ruptura con las normas aristotélicas clásicas (solo los personajes aristocráticos, divinos o héroes pueden ser el centro de una tragedia), y esto permitía además mostrar en escena el contexto doméstico burgués de la época y hacer así una crítica social en contra del autoritarismo de las clases aristocráticas.

Algunas de las piezas teatrales de Lessing más representativas de este nuevo tipo de teatro ilustrado son Emilia Galotti (drama burgués por excelencia) y Nathan el Sabio, un drama centrado en la tolerancia frente a las demás religiones del mundo.

El teatro ilustrado y la tragedia burguesa de Lessing tuvieron una influencia enorme en el género dramático alemán que lo precedió, con el teatro del Sturm und Drang de Schiller, por ejemplo, compartiendo muchas de las características de este nuevo tipo de drama.

El teatro del siglo XVIII en Francia

El teatro francés, regido por la Academia Francesa, había sido notablemente rígido en su seguimiento de las normas aristotélicas y del modelo clásico (respeto a las 3 unidades de tiempo, acción y lugar, personajes sacados de la tradición clásica, etc.) ya durante la segunda mitad del siglo XVII. El teatro necesita pues un cambio.

Por una parte, este cambio es proporcionado por figuras como Diderot, quien – inspirado por Lessing y el teatro alemán – incorporó el drama burgués moralizador, el cual lleva la tragedia al contexto histórico y social contemporáneo sin romper de forma extrema con otros de los principios aristotélicos. Voltaire se propone un enfoque similar por lo que hace a la tragedia tradicional con obras como Zaïre.

Aun así, el teatro más destacado de la Francia del siglo XVIII se encuentra en el ámbito de la comedia, con dramaturgos como Marivaux y Beaumarchais. Estos tomaron las bases de Molière y de la comedia dell’arte precedentes, pero – tal y como uno se espera del Siglo de las Luces – incorporaron elementos de crítica social, que hasta algunos críticos han llegado a señalar como presagios de la revolución.

Las obras de Beaumarchais El barbero de Sevilla y Las bodas de Fígaro son las más representativas del teatro del siglo XVIII en Francia. En ellas, Beaumarchais presenta a Fígaro, un personaje de clase baja, como protagonista víctima de una sociedad injusta, y sobre todo en Las bodas, la crítica social llega a poner en escena monólogos de carácter trágico – ¡en una comedia! – en los cuales Fígaro y otros personajes de clase baja se ven representados como no solo inteligentes y víctimas del autoritarismo, sino como más virtuosos y merecedores de su final feliz que los personajes aristocráticos secundarios.

El teatro del siglo XVIII en el Reino Unido y en Italia

En Inglaterra, el teatro experimentó un gran boom en popularidad, con más teatros que nunca y actores que ganaron mucha fama. El drama sentimental con protagonismo burgués, centrado en el enseñamiento de la virtud, también ganó mucho protagonismo, con dramaturgos como Richard Steele. Paralelamente, John Gay escribió su The Beggar’s Opera” (La ópera del mendigo), una ópera satírica inspirada en parte por las ideas filosóficas de Locke y haciendo parodia de las clases altas e instituciones inglesas.

En Italia, la commedia dell’arte experimentó también una reforma principalmente a manos de Carlo Goldoni, quien incorporó a este género tradicional de comedia ideas humanistas e inspiradas por la filosofía de la época, además de críticas sociales y anticlericales.

El teatro del siglo XVIII en España

Finalmente, el teatro ilustrado también llegó a España pese a la gran huella que el teatro barroco del Siglo de Oro de Lope de Vega o Calderón de La Barca había dejado sobre el escenario. De hecho, su popularidad e influencia había sido tan grande que encontramos aún una tradición posbarroca heredera del teatro precedente durante la primera mitad del siglo XVIII. A diferencia de este, el teatro ilustrado tenía un carácter claramente didáctico y utilitario, y se proponía “instruir deleitando”, lo que no consiguió el mismo éxito entre el público del país.

En España, este teatro tomó sobre todo la forma de un teatro neoclásico. Así pues, a diferencia de otros países europeos que buscaban romper un poco con la tradición clásica anterior (aunque sin pasarse como lo harían los Románticos, eso sí), el teatro español de la Ilustración se proponía un seguimiento de las normas aristotélicas, respetando las tres unidades y separando lo cómico de lo trágico, combinándolo todo con una finalidad didáctica y moralizante para la instrucción del público.

Como representante de este teatro ilustrado neoclásico destaca Leandro Fernández de Moratín, quien se preocupó también por la representación de la clase media y la crítica social contemporánea. Una de sus obras más destacadas es El sí de las niñas: comedia en prosa que plantea el problema del matrimonio forzado de chicas jóvenes con hombres mayores. Combina didactismo con crítica social.

Pese a la presencia de este teatro neoclásico en el teatro español del siglo XVIII, cabe destacar también la popularidad de otros géneros dramáticos de tipo popular como los sainetes de Ramón de la Cruz, piezas de un acto de carácter popular y costumbrista.

Y es que la eterna cuestión sobre la función del teatro y de la literatura en general es una que encontramos desde hace cientos de años. Aunque el teatro de la Ilustración tuvo éxito en algunos países, este mismo fue vencido por la fuerza del teatro popular en otros. Puro entretenimiento contra un espíritu de utilidad y funcionalidad.

Desde Espectáculos BCN os dejamos así con esta eterna pregunta: ¿Debería el teatro servir para trasmitir un mensaje más o menos didáctico, o quizás es su función puramente entretenida y de evasión de los problemas de la realidad? ¿Hay espacio para ambas cosas?

Mientras reflexionáis sobre la cuestión, os invitamos también a echar un vistazo a nuestros artículos sobre 21 dramaturgos famosos y sus obras, y los escritores del Siglo de Oro más destacados. ¡Que no sea que falte el didactismo!

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