Contextos cinematográficos: del ambiente inmersivo y la emoción de la nostalgia

Del héroe perfecto, el afán de humanización de los espectadores ha querido que, en el cine y la literatura más actual, triunfe la figura del antihéroe. Tanto Lobezno como Deadpool son un gran ejemplo de ello. Pero, aunque Barcelona cuente con una exquisita cantidad de salas de cine, no solo importa el preciado espacio, también nuestro contexto personal para afrontar el cine.

Alcanzar lo inalcanzable

El arte de la cinematografía ocupa en el imaginario colectivo un lugar donde el sueño y lo imposible se yuxtaponen para convertirse en realidad. A pesar de cuantas películas se hayan producido a fin de exponer una fantasía inalcanzable, su obstinación, que no escatima jamás en recurso alguno, lucha por anclar su verosimilitud en nuestras retinas. Sólo en Barcelona existen más de 200 salas de cine, tanto convencionales como dedicadas a ciertas categorías e incluso filmes underground, donde poder acudir para el placer de nuestros sentidos.

La concreción cinematográfica no es más que un síntoma de quienes, por un motivo u otro, optan por instalar su comodidad en un producto que cumple con todas y cada una de sus expectativas. El cine de superhéroes, por ejemplo, es ya una franquicia que engloba algunos de sus personajes en toda una inextinguible saga de clásicos, como sucede con Lobezno películas, y que tras la apoteosis de X-Men en 2009 abarca ya la actualidad prometiendo algún nuevo estreno de la mano del director de Deadpool, Tim Miller. Y es que, sin lugar a dudas, el cine de superhéroes, especialmente antihéroes, está más vivo que nunca.

Del héroe perfecto al antihéroe

En nuestra cultura, una de las primeras manifestaciones del antihéroe la podemos encontrar en la literatura del Lazarillo de Tormes, donde su protagonista, a medio camino entre la diablura y la bondad, nos evoca una ineludible sensación de empatía. Es esa frontera que iguala las travesuras y las hazañas de un personaje la que nos genera un sentimiento de conexión con el personaje porque, a pesar de cuán épica y gloriosa pueda ser su gesta, sus errores y su aparente malicia no hacen más que incardinarlo en una normalidad sumamente verosímil. Sabemos que la perfección es una utopía y que, por lo tanto, no existe exactamente; y, a su vez, las sombras de nuestro protagonista hacen de su desarrollo mucho más palpable.

En el caso del amado Lobezno, un mutante del universo de los X-Men, observamos un individuo fuerte y desarraigado, a menudo asediado por la oscuridad de su pasado y su presente, pero que, sin embargo, lucha por mantener la paz junto con su grupo de superhéroes e incluso por sí mismo. Ello no dista tanto de nosotros mismos, individuos también de una sociedad que a veces puede llegar a condenarnos al ostracismo, pero cargados de esa bondad y sentido de la comunidad que no nos impide denunciar un robo o una fechoría, e incluso frustrarla, si somos testigos de ella. Así, la figura del antihéroe está más cerca de nosotros que la del héroe perfecto.

Humanizar mediante el trauma

A raíz de esa conexión, los superhéroes convencionales han ido cometiendo errores a lo largo de su desarrollo narrativo con único objetivo: poder formar parte de la realidad. Cuantos más fallos cometa dicho personaje, cuanto más sombría sea su trayectoria personal, la suma de sus traumas, las tragedias que podría haber evitado y no lo hizo por mero sentimiento, más lo humanizamos. La humanización aquí se sostiene por una balanza que mide si todo cuanto ha sido un error se compensa por cuanto ha podido construir. Un cálculo hipócritamente exigente, pero totalmente verídico.

Del mismo modo, nuestra lectura de la historia puede variar totalmente dependiendo de muchos factores. Por un lado, nuestro contexto personal, las vivencias recientes que hemos sufrido o gozado, y, por otro, el contexto ambiental de la proyección. En ese sentido, no afrontamos de igual modo la historia de una película si la visionamos el día de su estreno, que si la vemos en un bar cinematográfico al cabo de mucho tiempo. Sin embargo, ambas proyecciones son igual de lícitas en nuestro subconsciente y, dependiendo del momento, su intensidad puede ser prácticamente idéntica.

Entre la impresión y la nostalgia

Retomando a nuestro antihéroe Lobezno, podemos sentir la emoción de la nostalgia al ver su primera aparición cinematográfica en los X-Men del 2009 sin importar que la película se proyecte en un pequeño bar de barrio, sentados en el sofá de casa o en una gran sala cinematográfica. De hecho, Barcelona cuenta con múltiples bares que admiten visionado de películas y donde, dado su ambiente centrado en el séptimo arte, e incluso cierta tendencia temática a determinadas obras, el disfrute puede ser aún mayor.

Por supuesto, la presunta próxima película de Lobezno gozará de unos efectos todavía más asombrosos si la vemos en una sala de cine de última generación, pero ya no será lo mismo. Establecemos aquí una disyuntiva clara: la emoción de la primera vez y la nostalgia del arraigo. Añadiendo aquí que nuestra primera impresión sobre un filme puede variar de la noche a la mañana dependiendo del lugar donde la veamos. ¿Cómo saberlo? Seguramente, en cualquier de los más de 200 espacios cinematográficos que hay en Barcelona y donde, sin lugar a dudas, podremos ver a nuestro amado Lobezno una vez más.

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