Crítica: Solo creo en el fuego

Crítica: Solo creo en el fuego
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Nota: 8,5 sobre 10

Llega a Sala Teatro Laboratorio de Barcelona, 4 únicas funciones de la maravillosa obra basada en el amor de Anaïs Nin y Henry Miller: “Solo creo en el fuego”. Las sesiones se han repartido entre los días: 2, 4, 9 y 11 de julio y ofrecen 70 minutos de una obra intimista y muy sensual. Los directores, Ángela Palacios y Carlos-Martín Peñasco, son también los actores de la función, todo un reto que, desde luego, no me ha decepcionado.

Pero los verdaderos protagonistas de esta obra son los escritos de Henry Miller, el diario de Anaïs Nin y las cartas publicadas que ambos se enviaron durante mucho tiempo. Todo esto, mezclado con una maravillosa dinámica corporal, un escenario profundamente delicado y los diálogos de dos jóvenes Barceloneses intercalados con la historia de los amantes, hacen que se convierta en una función muy, muy especial. 

“Solo creo en el fuego. Vida, fuego” 

Desde el momento en que entras a la sala, los actores ya se encuentran juntos en el escenario, sobre una cama unida por dos piezas, rodeados de papeles, cartas y una máquina de escribir, al alumbre de una luz roja, el color de la pasión por excelencia.

Henry Miller, un hombre agresivo en sus formas, apasionado, un tanto bruto y sobretodo, amante de todo lo sexual. Anaïs Nin, una chica inundada de emociones, capaz de ser muchas mujeres a la vez, profundamente enamorada de las personas y la vida, pero con un gran vacío interior. Dos personas que arden por dentro, que aman amarse y se convierten, no solo en una pareja muy sexual sino en el apoyo y en la crítica literaria necesaria para el otro.

Es París de 1931 y suena “La bohème” mientras los dos enamorados disfrutan de la intensidad de sus sentimientos. Poco a poco, mediante los diálogos que tienen, muchos extraídos de los textos que escribieron, somos conscientes de que estamos asistiendo al mundo interior de cada uno de ellos, a sus preocupaciones, ambiciones y miedos.

“Sólo creo en el fuego. Vida, fuego” escribe Anaïs Nin en sus diarios, y todos los espectadores entendemos perfectamente lo que quiere decir mientras conocemos al personaje, a la mujer, a esa mujer tan llena de pasión que parece desbordarse y que entre sus delicadas frases francesas, dulces y sensuales, nos conquista.

Una escenografía cuidada, sensual y bella como el amor más puro

Los cuerpos de Ángela y Carlos forman parte del escenario.  Sus interpretaciones son casi coreografías que, jugando con los demás elementos de la sala, consiguen crear una especie de habitáculo en el que todo parece cálido y seguro, sensual y lleno de emociones. Se tocan sin pudor, se miran y se besan traspasando las fronteras de cualquier prejuicio. Sexo, delicadeza, todo se vuelve tan visual que es imposible apartar la mirada de ellos dos.

El decorado es de los más acertados que he visto nunca en muchas obras y seguramente la función no sería lo mismo sin ese gran juego que tienen entre ellos y los demás elementos, una química muy especial. Pantallas donde aparecen letras con los escritores y se reflejan en el cuerpo de los actores, porque como he dicho, también sus cuerpos son escenario, son lugar donde jugar e interpretar. Incienso y velas, fuego, mucho fuego.

Aparece también un segundo escenario, dos sillas donde los personajes de Herny Miller y Anaïs Nin se alternan con los verdaderos actores, Ángela y Carlos. La intensidad de la obra, se intercala con momentos de risa y de citas a la literatura. Es todo un regalo para aquellos que aman las letras.

Intensidad muy elevada, emociones a flor de piel

Tratándose de una obra tan intensa, y además siendo en un lugar tan acalorado, es probable que parte del público se situara entre dos líneas distintas de sensaciones: aquellos con las emociones a flor de piel y aquellos que empiezan a agobiarse un poco. Es, lo único con lo que creo que la obra puede caer un poco, ya que el agobio, igual que un amor tan fuerte, puede llegar fácilmente.

Henry Miller y Anaïs Nin se quisieron como nadie sin nunca renunciar a lo que eran ambos, ante todo, escritores y casi drogadictos del amor. Nunca fueron ellos las únicas personas en las camas de cada uno, pero sí fueron únicos para sí. Nunca hubo una mujer igual para Henry y nunca hubo un hombre igual para Anaïs, pero como la guerra, que llega violenta y demoledora, las muchas circunstancias que ellos se echaban en cara de vez en cuando y las contradicciones y desencuentros que tenían, atacaron.

“El único viaje que uno puede hacer es hacia dentro de si mismo”

Ángela y Carlos en “Solo creo en el fuego” nos regalan un retrato vivo de dos personas que ya no están pero siempre vivieron ardiendo. Una historia íntima y apasionante que muestra varios tipos de amor, más allá del sexual, mientras veía la función podía sentir el amor por la literatura, por escribir, el amor por la vida.

Herny y Anaïs vivían para escribir, era su máxima forma de existir y de ver el mundo, una forma casi violenta de querer expresarse. “El único viaje que uno puede hacer es hacia dentro de si mismo” dice Herny Miller, y la literatura es el único modo de transporte.

Dos personas únicas que nunca tuvieron miedo a los prejuicios, Herny se sometió a la censura de una Europa tradicional y Anaïs, después de someterse a su propia censura durante largo tiempo, también fue criticada por las relaciones sexuales que había tenido con su padre y desvelaba en sus diarios.

Hay un momento precioso donde Ángela, con una caja de cerillas, interpreta a Anaïs agradeciéndole a su diario el hecho de existir. Su más querido tesoro, el único que sabe todo de ella, que sabe lo triste que es sentirse tan viva y tan vacía a la vez, una mujer que aborrece lo ordinario y que por supuesto ella, no quiere nunca convertirse en una mujer ordinaria. En ese momento, se me escapó una sonrisa mezclada con una lagrimita.

Creo, que en esto tiene que consistir el teatro, en la intimidad de poder compartir unas mismas emociones en un único escenario.


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