Crítica: Davant la jubilació

Nota: 10 sobre 10

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Una atmósfera angustiosa y agobiante nos recibe desde el primer momento. Un salón enorme, con paredes empapeladas con un papel que está más que anticuado y lleno de manchas, un techo altísimo con la pintura desconchada y manchada (“ja ho pintarem…”), unas puertas con la pintura de los marcos que se cae a pedazos y unos muebles que ya no se ven ni antiguos, se ven viejos.

Este es el espacio donde se representa Davant la jubilació, en el Teatre Lliure. Y la sensación de encierro, de no poder respirar, de necesitar que alguien abra la puerta para que entre aire fresco no nos abandonará en las tres horas que dura la función.

Los textos de Thomas Bernhard son incómodos porque nos hacen preguntas que no siempre queremos oír

Karla, Vera y Rudolf viven casi encerrados en la casa. Se han encerrado voluntariamente en un mundo lleno de recuerdos de un pasado que recuerdan mucho más bonito y brillante. Un pasado que mezcla los recuerdos de la infancia y los recuerdos de un país gobernado por el nazismo, que les dio la oportunidad de progresar y prosperar. “Aquesta va ser una época molt feliç”.

El presente les parece gris y agobiante. El mundo en el que viven ahora no les gusta. Está dominado por todos aquellos contra los que lucharon, por las ideas que detestan y que saben que la mayoría de la gente no comparte. “El 90% de la gent és antisemita […] però ningú no s’atreveix a dir-ho”. Un presente que hizo borrón y cuenta nueva con el pasado de Rudolf, que consigue ser el Presidente de la Audiencia… después de pagar levemente por su pasado nazi. “És això el que és espantós: no poder demostrar al món qui som”.

Son lo que son porque tienen un pasado del que no reniegan, que añoran con vehemencia y que esperan que vuelva pronto. “És qüestió de temps, de poc temps” dice Rudolf, esperanzado por un futuro que se parezca a su pasado nazi. “(El campo de concentración)… érem una empresa modélica, sempre a punt de revisió”, recuerda con orgullo.

La relación entre los hermanos es asfixiante. La palabrería de Vera llena el espacio que dejan los silencios despectivos de Karla. Rudolf habla poco, pero es contundente en sus reflexiones. Una relación tóxica pero que los tiene bien atados. No pueden vivir los unos sin los otros. “Tu gaudeixes de la llibertat del bufó, si no, ja t’hauríem liquidat”, le dice Vera a Karla. La relación incestuosa entre Vera y Rudolf es una forma de protegerse ante el mundo exterior, la manera de evitar que nada ni nadie entre en la familia y rompa su forma de vivir o proclame sus secretos.

“Un dia podràs parlar obertament del que ara estàs obligat a callar”. La esperanza en un nuevo nazismo flota continuamente en el ambiente. Un nuevo nazismo que les devuelva el esplendor familiar del que gozaron en su pasado. La seguridad de que el nazismo está vivo en el mundo en el que viven y que se extiende como una mancha de aceite.

En Davant la jubilació nos encontramos un texto muy duro que nos recuerda que el nazismo no se erradicó con unos cuantos juicios a sus dirigentes, que la ideología perduró hasta nuestros días y está cogiendo fuerza. Los partidos ultranacionalistas que están apareciendo le están dando la razón Thomas Bernhard. Rudolf tiene razón: “És qüestió de temps, de poc temps”.

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Mercè Arànega, Marta Angelat y Pep Cruz están impresionantes en escena. Mercè Arànega es Vera, un personaje hablador, que no dice nada que pueda disgustar a su hermano Rudolf, que parece un loro repitiendo consignas. Pep Cruz es Rudolf, un hombre que se ve obligado a esconder sus ideales en un mundo que, de momento, los rechaza de pleno. Un hombre amargado, triste y abatido, que recupera fuerzas entre sus recuerdos. Marta Angelat és Karla, un personaje que calla, que habla con sus miradas y sus gestos. No necesita hablar. Su mirada y su cara lo dicen todo. Atada a una silla de ruedas, parece que es la que tiene menos libertad, pero sus frases, escasas y mesuradas, y sus miradas, nos muestran que su mente es mucho más brillante que la de sus hermanos, más abierta. “Sempre llegeixes aquells llibres mentiders”, le espeta Rudolf.

El vestuario de las dos mujeres, en los primeros actos, es un vestuario que se nota de poca calidad. Seria ropa de hipermercado, barata, sin gusto. En cambio, el vestuario de la celebración de aniversario es magnífico. Un recuerdo de una época espléndida. Rudolf viste con clase, ropa a medida y zapatos de calidad. Su uniforme de las SS está impecable.

Krystian Lupa ha dirigido un montaje deliberadamente lento, pausado, que nos provoca angustia y desolación desde la primera frase, que nos hipnotiza y no podemos apartar la vista de estos tres personajes que nos recuerdan, continuamente, que su pasado está entre nosotros, agazapado, a punto de volver a salir, y que nos explotará en la cara… ¿podremos hacer algo?

Los textos de Thomas Bernhard son incómodos porque nos hacen preguntas que no siempre queremos oír. En el Teatre Lliure, Davant la jubilació, más que preguntas, nos hace un interrogatorio en toda regla.

Davant la jubilació, en el Teatre Lliure, es un montaje que hay que ver. Por el texto, por la dirección, por la interpretación… y porque nos hace sentir incómodos y nos hace reflexionar.

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