Crítica: André y Dorine

Crítica: André y Dorine
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Crítica de Nicolás Larruy

Nota: 9 sobre 10

André y Dorine es uno de aquellos espectáculos que dejan sin palabras. Sin palabras, con una lágrima en los ojos y las ganas de poder tener y expresar la ternura que se despliega ante nuestros ojos en el escenario.

Tres actores y unas máscaras llenas de expresividad nos relatan la historia de André y Dorine, una pareja de ancianos que han vivido toda la vida juntos, que están llenos de complicidad, de humor, de pullas y de cariño. Y que un día se tiene que enfrentar al Alzheimer que empieza a mellar la memoria de Dorine.

Los gestos que antaño eran cotidianos, se convierten en símbolos de una lucha por recuperar los recuerdos. André, impotente, ayuda con mucha ternura a Dorine. Y Dorine, impotente también porque sabe lo que le espera, se deja hacer. Y siempre, incluso en los momentos más duros, consigue hacer llegar su cariño a André y a su hijo.

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A través de los recuerdos de André, que nos presentan ante nuestros ojos, como si pudiéramos entrar en su mente, recorremos momentos cruciales en la vida de ambos. Y conocemos a Dorine, su vitalidad, su fuerza. Y a André, su humor, y su dependencia de Dorine. Las escenas del presente nos dejan un gusto amargo, porque vemos el deterioro de Dorine, y los esfuerzos de André por preservar los recuerdos y lo que han vivido juntos.

Junto a escenas más dramáticas, pero siempre llenas de delicadeza, hay otras escenas con un punto de humor que nos recuerdan a grandes maestros como Charlot, Buster Keaton y, sobre todo, Jacques Tati. La sala de espera en la consulta del médico es todo un poema lleno de ironía que no hay que perderse.

Grandes actuaciones de los tres actores de este espectáculo de Barcelona que, si decir una sola palabra, lo expresan con sus gestos, con su cuerpo: “deja que te arregle la camisa”, “¡cómo se te ocurre regalarle eso a tu padre!”, “la melodía… la melodía… la melodía… ¿cómo era la melodía?”… no nos hace falta oír las palabras para saber que las están diciendo.

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El espacio está bien diseñado. El decorado nos cuenta también cómo son André y Dorine. Un salón lleno de fotos, de libros, con una mesa y una máquina de escribir (de André) y violonchelo (de Dorine) que son los dos elementos con los que se expresan los dos personajes. Cuando Dorine empieza a olvidar la música, André escribe más y más para retener sus recuerdos y su historia juntos. La iluminación sitúa cada escena y a define de forma muy clara. Mención especial merece el momento del parto de Dorine. Cuando “dar a luz” es justamente “dar a luz”.

La música de la obra André y Dorine siempre con un punto melancólico. Un clarinete, un violín, un violonchelo, un saxofón… crean un ambiente que se acopla al escenario, a la iluminación, a la acción. Sólamente una vez oímos una voz. Un bolero que nos habla del amor, del recuerdo y del olvido.

Una obra de teatro para no olvidar que, incluso los que padecen Alzheimer y olvidan, son aquellos que siempre hemos querido. Una obra para recordar que somos los recuerdos y la memoria de los que ya no tienen. Un montaje lleno de delicadeza, con un buen ritmo, que consigue que la gente se dé la mano y se abrace durante la función. Eso es llegar al corazón.

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